miércoles, 29 de abril de 2009

"Los músicos buenos se levantan para estudiar"

Como primera entrevista de MadridJazz, hemos decidido contar con, posiblemente, el mejor pianista de nuestro circuito. El pasado 8 de abril, nos acercamos a Calle del Rosario 25, el famoso estudio de Joshua Edelman. Allí, además del piano, nos esperaban un par de asientos infantiles para el coche y una pequeña moto de juguete. Ya lo dice el propio Edelman "ser padre de gemelos lo cambia todo".
El encuentro se convirtió rápidamente en una cómoda charla que se extendió casi una hora y media. Por ello, hemos decidido publicar la entrevista en dos entregas. En esta primera mitad tratamos con Edelman su visión del mundo y de la política, su llegada a España o su percepción de la vida del jazzman y del jazz en Madrid.
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Edelman en un reciente curso en el Conservatorio de Getafe (Foto: Jorge Moreno)
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Por Jorge Moreno (MadridJazz en CeroPretensiones)
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Es cierta la anécdota que cuentas en tus conciertos sobre un piano y el concurso El precio justo?
Absolutamente. Yo estaba compartiendo piso en la zona de San Bernardo con un amigo guitarrista flamenco. Allí tenía un piano vertical que había traído de Nueva York que realmente no daba la talla y que tenía ganas de cambiar.
Un día me llamó un amigo y me dijo: “Me ha llamado mi agente de seguros porque tiene un cliente que quiere vender un piano de media cola”. Yo le dije que no me podía comprar un piano, pero me contestó que lo vendía muy barato porque le había tocado gratis en un concurso. Me llamó el agente de seguros y me dijo: “Mira, este cliente mío es un jubilado de Móstoles que tiene tres hijos militares que no tienen nada que ver con la música. Fueron a El precio justo tres o cuatro parejas y a cada una le tocó algo”. A estos les tocó el piano.
Le llamé y me dijo: “Tenemos aquí el piano desde hace tres años y no sabemos que hacer con él. Mi mujer le quita el polvo todos los días. Lo tenemos pegado al radiador y hemos tenido que quitar la calefacción. Hemos quitado la mesa del comedor porque no cabe y estamos comiendo malamente en una terraza cerrada que nos ha fastidiado toda la vida social y familiar”.
Estaban como locos por quitarse de encima el piano. Fui con un amigo pianista a probarlo y ellos alucinaban. El tío me lo vendió baratísimo. Me lo llevé al piso, pero no había manera de que cupiera y tuve que llamar a un amigo que me hizo una plataforma encima del piano para la cama. Metí ahí el piano y estuve durmiendo encima (risas).
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Me imagino que la marcha a un lugar extraño y tan lejano como España no fue una decisión fácil. Más allá de la oferta que tenías en la Unión Musical de Liria, ¿qué razones había en tu decisión de hacer las maletas?
Vivía en Nueva York y no estaba muy seguro de lo que iba a hacer con mi vida. Llevaba muchos años en la música, había estado en Centroamérica estudiando español, me encantaba el idioma y tenía también mucha fascinación por Latinoamérica. Nueva York estaba atravesando un momento muy malo: con muchos problemas económicos, violencia en la calle, drogas, tiroteos… Además, yo me había casado con una chica que era de un pueblo y que estaba todo el rato quejándose de que la ciudad era un agobio: el Metro, los borrachos de la esquina, los traficantes que había en el edificio… También teníamos unos vecinos un poco conflictivos.
Ella es flautista. Un día estaba tocando en casa y uno de los vecinos forzó la puerta, le quitó la flauta y la dobló sobre la mesa. Cogió un cuchillo de la cocina y empezó a perseguirla por el piso. Ella salió por la ventana y bajo por la escalera de incendios a casa de un amigo. También hubo un tiroteo en la calle delante de casa y mataron a un traficante que vivía en la planta baja… Nueva York estaba muy caliente, era como vivir en la selva. Un poco como se está poniendo ahora Madrid (risas), que te abren el coche todos los días y te roban las sillas de los niños.
Primero me salió una oferta para acompañar a una banda de música de Valencia que venía de gira a la Costa Este. Estaban buscando a una persona que supiera de música y que hablara español para que pudiera estar con ellos. Estuve diez días viajando con cien músicos de Liria y luego volvieron a Valencia y al cabo de un año me llamaron para trabajar en el Colegio de la Unión Musical. Parecía una aventura interesante, pero les dije que me acababa de casar y a ver si podía ir con mi mujer. Al final se arregló: me pagaron el viaje, me pusieron la casa y empezamos los dos a dar clases en el Colegio.
Debo ser la única persona del mundo que ha ido en viaje directo de Manhattan a Liria (risas). Eso fue en el 80, y claro, el cambio fue brutal a todos los niveles: el tipo de vida, el trabajo, el valenciano… Llegamos en enero y dimos clases hasta final de curso. Nos pidieron que nos quedáramos un año más y al final nos convencieron.
Desde ahí tuvimos planes de irnos a Barcelona, pero nos fuimos primero a Valencia y allí empezaron a pasar muchas cosas. En el club de jazz Perdido, que llevaba poco tiempo funcionando, me ofrecieron tocar todos los días. Con un sitio para tocar, decidimos quedarnos en Valencia. Después me salió trabajo en una escuela dando clases de jazz… Se fueron encadenando los proyectos y nos fuimos quedando.
En el 81 formé un grupo de latin jazz con Nacho Mañó, con mi ex que tocaba la flauta, un percusionista que cantaba y un batería argentino. Empezamos a funcionar muy bien, teníamos muchos conciertos y no parábamos de viajar y tocar. También monté un trío de jazz y me metí a tocar con la Sonora Latina (una orquesta de salsa). Fue una época de mucha actividad, de muchos proyectos y mucho trabajo.
En el 85 me ofrecieron venir al Taller de Músicos de Madrid. Venía un día por semana, pero seguía viviendo en Valencia y al cabo de seis meses decidimos venirnos a Madrid porque había más trabajo. Eso fue en el año 86, y aquí estamos.
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Calle del Rosario
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¿Cuál es el nivel y el ambiente musical que se respira en Madrid?
Yo no soy el más indicado para decírtelo porque no salgo nunca de casa. Salgo sólo cuando tengo que tocar (risas). La verdad es que no sé que es lo que se está cociendo, pero tengo la impresión de que Madrid es un montón de posibilidades desaprovechadas porque hay muchísimos músicos, muchísimo talento…
Hay músicos de diferentes sectores, hay muchos músicos cubanos muy buenos... Una parte importante del gremio cubano se ha trasladado a Madrid, como otra parte a Miami. También hay muchos músicos latinoamericanos de otros países: argentinos, venezolanos, colombianos, brasileños… Hay músicos españoles de todas partes, músicos europeos, americanos, gente de flamenco…
En Madrid hay unas posibilidades enormes pero creo que no se están aprovechando porque no hay infraestructuras, ni apoyos oficiales, ni una manera de canalizar todo eso. Tenemos un Ayuntamiento que no hace nada por la música, más bien al contrario, que se dedica más a poner la zancadilla a cualquiera que tenga un proyecto musical. Pero ya te digo que yo no estoy muy enterado y a lo mejor hay cosas muy interesantes que desconozco.
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En ese sentido de canalizar toda esa energía, ¿qué crees que se podría hacer?
Bueno, yo creo mucho en las conexiones. Todo está conectado en el mundo: tenemos una gran crisis económica, una gran crisis medioambiental y también una gran crisis musical. A la música le pasa un poco lo mismo que a la selva del Amazonas: todas las músicas autóctonas, folklóricas, verdaderas están en peligro de extinción y necesitan apoyo, inyección de esfuerzo, de dinero, de ideas y de todo para que no desaparezcan.
Vino ayer un amigo cubano de Cuba que hacía muchos años que no había ido y me dijo que era deprimente porque todo el mundo está con el reggaeton. Eso es más significativo de lo que parece. Allí ha habido generaciones y generaciones de músicos haciendo su propia música y eso se está degenerando en una cosa de masas, de poca calidad y de poco interés musical. Y claro, si la gente se está dedicando a eso no se están dedicando a lo suyo.
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Además, ahora que la música cubana está teniendo bastante proyección a nivel internacional.
Sí, pero el jazz, como la música cubana o el flamenco dependen mucho de una base de conocimiento común que no está plasmado, ni archivado, ni documentado. Existe porque hay personas que conservan ese conocimiento, pero si eso no se traspasa a la gente más joven y no se le da vida, se acaba yendo. Y ese proceso también está pasando en el jazz.
Hace poco estuve también con un amigo de Nueva York que me contó que ya quedan pocos de la vieja guardia, y los que quedan están mayores y se están muriendo. Eso quiere decir que este mundo se está transformando. Hace veinte, treinta y cuarenta años, los viejos imponían un criterio y un músico joven que daba la talla, que destacaba, que ofrecía calidad y que tocaba bien tenía las puertas abiertas porque estaba ratificado por los jueces, por los antiguos. Ellos decían: “este vale”.
Así surgió toda la generación de Freddie Hubbard, Ron Carter, Lee Morgan… Todos estos músicos salieron gracias a otros más mayores que ellos como Art Blakey, Max Roach, Thelonious Monk y mogollón de gente que decía “este sí”. Y las discográficas, los medios de comunicación y los promotores decían: “pues este sí”. Gracias a eso hubo una selección natural que respondió a criterios de calidad y de talento. Pero hoy en día ha cambiado mucho el proceso de selección, que corresponde más a criterios de imagen, de enchufe, de capricho… Y todo eso afecta al desarrollo de la música.
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¿Quieres decir que en el mundo del jazz americano se ha producido una mercantilización?
Claro. Pero eso se ha producido en todos los ámbitos. Todo eso tiene que ver con esta crisis económica que se produce por falta de valores, codicia y apoyo político y económico a una serie de criterios, de personas y de ideas que ahora se está demostrando que estaban equivocados. Todos esos que decían que “el mercado lo regula todo”. Mentira cochina. El mercado lo único que hace es sacar dinero para determinadas empresas, pero eso no quiere decir que regule el trabajo, ni la calidad de los productos, ni nada. Al contrario.
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Por ser un poco optimistas en este sentido. Suelen decir que en un contexto de crisis se producen cambios en política, en economía y en las mentalidades. ¿Crees que estos cambios pueden ser para mejor?
Para mi hay un hecho muy positivo en el mundo ahora mismo que es Obama. El hecho de que EE UU tenga un líder inteligente, con buenos valores, con bastante personalidad y con coraje (que no tiene miedo a enfrentarse a los peores sectores de la sociedad americana) significa que hay un país de muchísimo peso que ha cambiado.
Además, está tendiendo puentes con todo el mundo: con el Islam, con Europa, con Latinoamérica, con Cuba… Está cortándole el rollo a las grandes empresas que quieren quedarse con el dinero del contribuyente y encima repartírselo. A lo mejor otro político no habría tenido valor para cortar esto. Está abogando por el control de las armas nucleares… Realmente es increíble, es maravilloso. Y eso cambia mucho la historia.
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Rumba de cajón en el XXII Festival de Jazz de Madrid
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¿Crees que ese cambio en la política se puede traducir en un cambio en la creación artística?
Todo eso es lento y complicado, pero yo creo que sí. La influencia tiene que ser buena porque está promoviendo más la educación. Muchos de los problemas del mundo vienen por la ignorancia. Si realmente hubiera una buena formación y la mayor parte de la población tuviera educación, se solucionarían muchos problemas que hay.
Si las personas tienen más información, más criterio, más gusto, eso tiene que influir positivamente en la música. Además de que Obama es amigo de Stevie Wonder y de un montón de gente y eso ya es (risas)… Que el presidente tuviera amistad con ese tipo de gente parece increíble.
Aunque hay anécdotas. Hay una buenísima sobre Nixon. Cuando aún era vicepresidente, a finales de los años 50, se encontró con Louis Armstrong en un avión. Louis Armstrong le dijo: “Señor vicepresidente, es un placer conocerle. Qué casualidad que estemos los dos en el mismo avión y que cuando lleguemos al destino, yo tenga que pasar por la aduana y todas esas molestias y usted no.” Entonces Nixon le dice: “No se preocupe, usted se viene conmigo y yo lo arreglo todo para que no tenga que pasar por la aduana”.
A la salida del avión, había unos periodistas que sacaron unas fotos de Nixon pasando por la aduana con la funda de la trompeta de Armstrong y él pasando con las manos en alto. Salió en la portada de una revista. Muchos años más tarde, en una entrevista, le preguntaron a Armstrong sobre la famosa foto de Nixon, la aduana y el estuche de la trompeta. Armstrong, en un susurro, contestó: “el estuche estaba lleno de marihuana” (risas).
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Hablando de política, imagino que las noticias que vienen de Israel te afectan personalmente. ¿Cómo viviste los últimos sucesos bélicos de Gaza?
Estoy completamente en contra de cualquier intervención bélica. Pienso que el único camino válido es el diálogo, por mucho que les fastidie a muchos políticos y militares. Es la única vía que hay. Entiendo la necesidad de autodefensa de Israel y también entiendo la necesidad de los palestinos de tener unas condiciones de vida dignas. Pero creo que la única manera de lograr eso es con el diálogo.
El hecho de que hayan descubierto un montón de abusos por parte de los militares israelíes confirma mi teoría de que estas intervenciones solamente causan destrucción, dolor, miseria, cabreo y nada más. Creo que rebajan la dignidad de las personas que las hacen.
Igual que en EE UU hubo una degeneración política con la extrema derecha representada por Bush, su clan y toda esa mafia, en Israel también ha pasado un poco eso: una deriva hacia el extremismo que creo que va en contra del espíritu de los fundadores de Israel. Ellos eran gente que estaba buscando una vida con unos conceptos más elevados, tratando de poner en práctica unos conceptos muy adelantados. Pero la balanza empezó a caer del lado del extremismo y el extremismo sólo genera más extremismo.
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Dejando a un lado la política y volviendo a la música, ¿cómo ves al público de jazz de Madrid?
Creo que es un buen público. De hecho cuando voy a tocar por ahí siempre tengo buen público. La gente siente la música de una manera muy sincera. Hay públicos en otros sitios del mundo que son más intelectuales, más rígidos, más fríos. A mí me gusta el público de Madrid y creo que hay bastante interés. Creo que se podría acercar mucho más la música a la gente joven y creo que le encantaría, a mucha gente que incluso no la conoce.
Yo creo que considerar a las buenas músicas como elitistas es como un complot de las grandes empresas para vender la basura que están sacando. Tachan a la música clásica, al jazz o al flamenco de ser músicas muy difíciles, de que la gente no las entiende, ni las compra, ni le gustan. Es para gente muy especializada, para minorías. Repiten tanto ese mensaje que al final la gente se lo cree y no es verdad.
Cualquier persona puede disfrutar de un concierto de clásico, de jazz o de flamenco. Depende un poco del repertorio, de la presentación y del formato, pero creo que en lugar de alejar a la gente de las cosas, habría que acercarla.
Es como la lectura o el reciclaje. El otro día leí que en Madrid todavía hay un porcentaje bajísimo de personas que reciclan. Reciclar es facilísimo. No hace falta hacer un doctorado en ciencias para reciclar, pero que a la gente le resulte difícil es un problema de dedicación y de comunicación. Si vamos a fomentar una sociedad en la que a la gente le resulte difícil separar el vidrio del cartón estamos jodidos.
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Y al otro lado del escenario, ¿se puede vivir tocando jazz en Madrid?
Hombre, no creo que sea muy recomendable. Si uno tiene mucha pasión por la música y realmente se quiere arriesgar, que se arriesgue, pero es complicado. Creo que hace falta, además de tocar bien el instrumento, aprender mucho de otras cosas. Hay que estudiar pedagogía, derechos de autor, producción, montaje de espectáculos o lo que es la musica en el cine y en la televisión.
Vivir de dar conciertos y de tocar en bares puede parecer muy romántico a una persona joven, pero no se puede vivir de eso. En todo caso se puede malvivir. Pero el malvivir se convierte en un problema, porque lo que uno exige de la vida con 20 o 30 años no es lo mismo que lo que exige con 35 o 50. Las necesidades no son las mismas.
Si tienes 20 años puedes vivir con tus padres, pasar un poco del tema de la vivienda, de las gestiones cotidianas de la vida, de plantearte una familia o una pareja… Pero llega un momento en que te tienes que organizar en la musica para enterarte de cómo puedes vivir. No puedes pensar que porque toques muy bien tu instrumento te van a dar trabajo o vas a tocar mucho en el Café Central o en Clamores. Eso es una fantasía que no tiene nada que ver con la realidad.
También está el mundo de los músicos contratados del pop, que ha sido bastante lucrativo para mucha gente que ha hecho carrera ahí y ha funcionado con cantantes famosos durante mucho tiempo.
Yo tampoco soy la máxima autoridad. Sólo te puedo hablar un poco por mi propia experiencia. A lo mejor coges a otro músico y te dice que se vive muy bien, que hay mucho trabajo, que te metes en el engranaje… Hay diferentes perspectivas. Probablemente encuentres gente que te va a contradecir lo que yo te estoy contando
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Parece común la figura del músico que toca muy bien su instrumento pero que tiene muy poco conocimiento de otros temas, tanto en el jazz como en la música clásica. Muchos músicos que son mecanicistas, pero que no van más allá.
Es una característica muy extendida del ser humano. Pero yo creo que es peligroso. Creo que el músico tiene que tener una conciencia social. Vivimos en el mundo, pasan muchas cosas, tenemos relación con las personas que nos rodean, con el país en el que vivimos y con otros países.
Creo que es de una pobreza tremenda pensar en la música únicamente; y como profesional hacen falta otras habilidades que no solamente es ser cinturón negro de solfeo y de escalas. Hace falta capacidad organizativa, relaciones públicas…
Hoy en día si un músico da un concierto, el traspaso de dinero conlleva facturación y una serie de gestiones. Hay músicos que no lo saben hacer y llega un momento en que no pueden funcionar así. Esas carencias limitan muchísimo: sólo puedes tocar en sitios donde te pagan con dinero negro y en esos sitios te pagan una miseria. Llega un momento en que dices: “¿De qué vivo? ¿Doy clases o trabajo en otra cosa o espabilo y empiezo a aprender un mínimo?”
Lo digo incluso por mí mismo. Yo he tenido la suerte de vivir una época mejor que esta en la que me he tirado veinticinco años sin parar de tocar. Por eso podido ser un poco pasota en algunas cosas, porque he tenido trabajo y me he podido permitir el lujo de estar un poco al margen de ciertas cuestiones empresariales. Pero al final he tenido que ir aprendiéndolas, porque he funcionado mucho como productor de discos, como líder de grupos o como realizador de conciertos, y al final te metes en un engranaje en el que tienes que saber.
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Hablando del músico de jazz como profesional, ¿cómo es tu día a día?
Bueno, yo soy padre de gemelos y eso lo cambia todo (risas). El día a día, teóricamente, se reparte entre clases, estudio, gestiones y ensayos. No sé porque se produce esto pero siempre hay que hacer muchas gestiones. Lo ideal sería poder organizar el día para dedicarle 3 horas al instrumento y poder tocar con gente, componer… En mi caso, ahora mismo, no es así. En la vida cotidiana del músico hay que tener constancia, autodisciplina y autocontrol. Porque si trabajas por la noche…
La noche está llena de peligros de todo tipo. Yo creo que el músico que tiene una profunda vocación no se deja llevar por las tentaciones de la vida nocturna. Hay muchos músicos que antes de las 12, de las 2 o las 3 no funcionan, pero creo que los músicos buenos sí. Se levantan por la mañana, se ponen a estudiar, a organizar sus proyectos… porque si no es imposible. Por eso te digo que cuando tocas por la noche, también hay que tener cierto rigor para decir: “He terminado de tocar. A lo mejor me tomo una caña pero me voy.” Y no: “¡Oye vamos a tomar algo a otro sitio!” Porque todos sabemos cómo es Madrid, que te descuidas un poco y amaneces en la calle de día. Así no te puedes dedicar a tu música ni a nada.
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La próxima entrega de la entrevista se publicará la semana que viene. En ella hablaremos del latin jazz, de Nueva York, de las influencias de Edelman o de sus trabajos discográficos.
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Joshua Edelman estará entre los días 18 y 24 de mayo en el Cafe Central con su trío:
Joshua Edelman (Piano, My Space)
Yelsi Heredia (Contrabajo)
Moisés Porro (Batería)

lunes, 20 de abril de 2009

La Fundación Canal vuelve a apostar por los jóvenes talentos

A través de su proyecto Audiciones, la fundación del Canal de Isabel II en colaboración con Radio 3 convoca por tercer año consecutivo un concurso para grupos y solistas sin contrato discográfico.

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Fractal, finalistas de Audiciones 2008, en Radio 3 (Foto: Sergio Cabanillas).

Por Jorge Moreno (MadridJazz en CeroPretensiones)

No es frecuente encontrar iniciativas destinadas a promocionar a los músicos que intentan abrirse un hueco en el difícil mundo del jazz. Más allá de los centros educativos como el Taller de Músicos o la Escuela de Música Creativa, son pocas las instituciones que se preocupan por abrir un espacio para los jóvenes en esta música.

Al igual que los concursos de maquetas de rock o pop son el pan de cada día de los grupos que empiezan, en el jazz es algo distinto. El tradicional papel desempeñado por las jam sessions para que los jóvenes se curtieran en la batalla (en ocasiones con un sentido casi literal) ha sido el trampolín de lanzamiento de la mayoría de los músicos de este estilo. En las jams, el músico llega y dice: “esto es lo que tengo”, como si fuera un escaparate en el que el solista demostrara su valía.

Por ello, iniciativas de otro tipo parecen extrañas en el jazz, aunque no sean menos interesantes. De hecho, la edición 2009 de Audiciones, el concurso de maquetas de la Fundación Canal, promete (a la vista de los resultados de las dos campañas precedentes). En el apartado de jazz (también hay categorías de pop-rock, músicas étnicas y electrónica-músicas urbanas) han mostrado su trabajo grupos y solistas que empiezan a colocarse ya en el panorama habitual de los clubs de nuestra ciudad.

Para los ganadores de la primera edición: Igor Prochazka Trio, los 2.000 € del premio y la contratación para la programación del Canal han supuesto una inestimable plataforma de despegue. Tras el concurso, llegó la blogosfera (artículo de José Manuel Quitana Cámara), su primer disco: Easy Route y los galardones. Este internacional grupo (compuesto por un checo, un argentino y un estadounidense) ya ha actuado en escenarios como El Junco o La Escalera de Jacob.

Igor Prochazka Trio en directo

En la final, además de a los catalanes del Serrano-Tejedor Projecte, los de Prochazka tuvieron que verse las caras con los madrileños de Acoplajazz. Este proyecto, dirigido por el baterista fuenlabreño José Antonio Guerra, también se ha dejado caer en las últimas semanas por El Junco.

La segunda edición no deparó la misma suerte para los grupos madrileños, pues fue el ciudadrealeño Mariano Valdayo y su quinteto el que se hizo con el primer premio. Sin embargo, en la final se colaron los chicos de Fractal (de los que ya hablamos en el artículo sobre el Bogui) que sin duda se están convirtiendo en una de las formaciones jóvenes más estables del circuito.

Para la edición de este año, ha quedado abierto el plazo de inscripción, que finaliza el 25 de mayo. Para presentarse (bases), sólo hay que tener más de dieciocho años, no haber firmado un contrato discográfico y preparar una maqueta de 3 temas como máximo que no excedan un total de 12 minutos. De las maquetas presentadas, se hará una selección de cinco finalistas por categoría, los cuales tendrán que tocar ante el público y el jurado en el auditorio de la Fundación Canal el 1 de julio a las 21 horas.

El jurado estará formado por productores y ejecutivos discográficos de empresas como Sony o EMI y locutores y críticos como Rosa Pérez, José Miguel López, Santiago Alcanda (Radio 3) o Raúl A. Mao (director de Cuadernos de Jazz). Parece que el cartel arbitral ofrece garantías. Ya sólo queda que Euterpe ilustre a los jueces y, puestos a pedir, que algún grupo madrileño se llevé el premio y empiece a pisar fuerte en el panorama de la capital.

domingo, 12 de abril de 2009

La Afrodisian Orchestra llena BarCo de ritmos flamencos, latinos y africanos

La Big Band de Miguel Blanco ofreció el pasado 7 de abril su concierto mensual en la Sala BarCo. Un público no muy numeroso aunque comprometido con la causa disfruto de una actuación marcada por la fusión, la innovación y alguna colaboración sorprendente y excepcional.

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La Afrodisian Orchestra en la Sala BarCo (Foto: Jorge Moreno)

Por Jorge Moreno (MadridJazz en CeroPretensiones)

Si con una definición heterodoxa podríamos decir que todo club de jazz es una mezcla de bar y sala de conciertos, en BarCo el porcentaje de sala es muy superior al de bar. Esto influye completamente en la predisposición del público de cara a los conciertos y a la conexión que se produce entre músicos y espectadores. Quizá el ambiente sea más propicio a una música más joven, más innovadora, menos sujeta a los cánones; y eso lo saben muy bien en BarCo. Como lugar de exposición de las actividades de la Escuela de Música Creativa, la sala tiene acceso casi exclusivo a las evoluciones de algunas de las más firmes promesas del jazz que se va a hacer en Madrid en los próximos años.

Pero la cosa no queda ahí. La programación habitual de BarCo es distinta de la que se ve en los otros clubs de Madrid, con una apuesta mayor por músicos noveles y por músicas más contemporáneas. La fusión, una de las características más propias de la postmodernidad creativa en la que estamos inmersos, tiene un lugar predominante en los conciertos de Calle Barco 34.

Y es que fusión es el calificativo que mejor representa lo que se despide de la Big Band de Miguel Blanco. La Afrodisian Orchestra mezcla. Mezcla continuamente y de formas inesperadas. Blanco (biografía como profesor del Taller de Músicos) utiliza a los casi veinte músicos que forman su orquesta como una coctelera en la que el barman va introduciendo los ingredientes más apropiados. Jazz de las últimas cosechas, un toque de música latina, una cucharada de ritmos africanos, una pizquita de rock progresivo y, sobre todo, una buena base de flamenco forman el caldo que la Afrodisian da de beber a todo el que se pasa por sus conciertos. Quizá no sea el cóctel que consiga una mayor difusión entre los parroquianos, pero es muy posible que los que le encuentren el gusto repitan asiduamente.

Miguel Blanco ha sabido rodearse de músicos jóvenes en claro crecimiento artístico. La extrañada el pasado día 7 Marta Sánchez (piano; interesante artículo sobre ella en El País), Roberto Pacheco (trombón), Carlos Rossi (trompeta y, magistralmente, fliscorno), Israel Sandoval (guitarra) o el sorprendente Santi Cañada (trombón) son buena muestra de ello. Músicos con poco que perder y mucho que ganar aportan un color más fresco y brillante a una Big Band con un sonido singular, pero que no deja de estar perfectamente compensado y mantenerse sólido. La veteranía la ponen Jaime Muela (flautas y saxo), principal solista con permiso de Israel Sandoval, y el propio Miguel Blanco. Siempre encima de la orquesta, Blanco ejerce su papel de director con un cuidado mayor del que se ve habitualmente y con buenos resultados.

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La sección de trombones de Afrodisian Orchestra (Foto: Jorge Moreno)

El concierto del pasado martes comenzó con el único estándar que se iba a escuchar en toda la noche: Invitation. En cualquier caso, el trabajo del arreglo había sido tan concienzudo y personal que en la interpretación poco más que los ecos de la melodía recordaban a la composición de Kaper y Washington. Poco después, se acercó al escenario un inesperado Antonio Mesa con su flauta y se marcó un solo flamenco antológico, en el que sólo le pudieron seguir los percusionistas de la banda. Cuando acabó, el público no dejaba de aplaudir y él, con una risa, saludó y se bajó del escenario para que continuará la actuación.

El resto de la noche se desarrolló a través de temas propios de una factura notable, capaces de explotar al máximo los colores propios y distintivos de cada instrumento, como el registro grave y la potencia de los trombones tenores y, sobre todo, del bajo (Guillermo Báez). Temas como Te llamé y no estabas, la nana Nonna i nil, Afroeclipse o el casi funk Boletus Obsoletus destacaron por su complejidad y por su variedad estilística.

El concierto acabó con una importante satisfacción para un público que, aunque reducido, se mostró participativo en todo momento. El entusiasmo se transformó en peticiones de un bis que nunca llegó por decisión del director, pese a la indecisión de algunos de los músicos entre bajar o no del escenario. Quizás el único punto negativo de la noche.